Muda de piel por completo

No mires dentro; no busques afuera. No trates de aquietar tus pensamientos, ni de hacer descansar tu cuerpo. Simplemente comprende profundamente, conoce profundamente, corta con todo de una vez, siéntate durante un rato y ve.
Aunque digas que no hay espacio entre los cuatro puntos cardinales para dar un paso, ni lugar en el mundo donde encajar tu cuerpo, al final no deberías depender del poder de otro.
Cuando lo ves de esta manera, no hay piel, ni huesos, ni tuétano, adecuados para tí. Nacimiento y muerte, con su ir y venir, no podrán cambiarte. Habiendo mudado tu piel por completo, sólo existe para ti una única realidad que resplandece en todo instante sin distinción de medida ni de tiempo.
Keizan

La luna en un cubo viejo

Iluminación, según las doctrinas del Zen, surge durante un acontecimiento inesperado, una casualidad, una circunstancia o coincidencia favorable, para las mentes preparadas para acogerlo. Como el ladrón en la "casa vacía": el alma desembarazada de su "ego".
Una monja estudiaba Zen, día trás día, desde hacía treinta y tres años. Había entrado en un monasterio como joven novicia a los diecisiete años. Tenía ahora cincuenta. Su vida de fertilidad había terminado. No sentía amargura por ello. Se dedicaba a las ocupaciones cotidianas con paciencia y buen talante. Preparaba el arroz o la cebada, iba mañana y tarde a buscar agua al pozo que había a unos cien metros. A veces la visitaba una nube de melancolía, pero ella la apartaba. Ponía en práctica el zazen con regularidad, meditaba, estudiaba los escritos de los grandes maestros del pasado. Pero nunca había conocido el Satori, la paz inimaginable, que inunda bruscamente el alma asombrada, la risa, la gran risa del Despertar.
Un atardecer, volvía del pozo cuando caía la noche. Observó sin pensar en ello el reflejo de la luna en el agua del cubo. Era un cubo viejo, cuyo fondo había reparado ella con bambú trenzado. Y de repente cedió la compostura y el agua se escapó, y al instante desapareció también la luna con el agua del viejo cubo. En aquel preciso instante, ella conoció el Satori. Fue libre.
Henri Brunel
Eran dos renunciantes espirituales. Uno de ellos había sido muy rico y lo dejó todo para convertirse en eremita, pero se hacía ayudar por un criado y utilizaba una escudilla y una taza de oro como utensilios. El otro eremita era muy pobre y siempre lo había sido y sólo tenía por posesión una escudilla de metal. El eremita pobre siempre le estaba criticando al eremita rico y le
reprochaba:
¡Tú no sirves para ermitaño! ¡Vaya ermitaño que tiene un criado y utiliza
una escudilla de oro!
Una y otra vez trataba de ridiculizar al eremita rico, que un día de súbito, le dijo:
Ahora mismo partimos de peregrinación. ¡Pongámonos en marcha!
Nada le apetecía la peregrinación al eremita pobre, pero para estar a la altura de las circunstancias, accedió. Llevaban caminando quince minutos, cuando el eremita pobre, muy angustiado, exclamó:
Pero si he olvidado mi escudilla. Tengo en seguida que volver a recogerla.
Y el eremita rico le dijo:
No sabía que tuvieras tanto apego a una escudilla. Te has estado metiendo conmigo incansablemente y resulta que tú estás mucho más aferrado a tu escudilla de hojalata
que yo a la mía de oro.

En contacto con los milagros

Según Buda, la vida sólo es aprensible en el aquí y ahora. El pasado ha desaparecido y el futuro aún no ha llegado. Solamente existe para mí un momento que vivir: el momento presente. Por esto, lo primero que he de hacer es volver al momento presente. Haciéndolo así entro profundamente en contacto con la vida. Inhalo vida; exhalo vida. Cada paso que doy es vida ...
Muchos de nosotros pensamos que la felicidad no es posible en el momento presente. La mayoría de nosotros cree que hay unos cuantos requisitos más que satisfacer antes de que podamos ser felices. Por eso somos absorbidos hacia el futuro siendo incapaces de estar presentes en el aquí y ahora. Por eso nos perdemos muchas de las maravillas de la vida. Si seguimos alejándonos hacia el futuro no podremos contactar con las múltiples maravillas que la vida nos ofrece ni podremos vivir en el momento presente en el que se produce la sanación, la transformación y el gozo.
Thich Nhat Hanh
Silencio es un término polisémico, palabra de muchas máscaras concéntricas como la piel de cebolla. Una palabra que pelamos encantados. Ausencia de ruido, ayuno de la palabra, renunciación, aparece como canto secreto del lenguaje a su fin, música de mil armonías según sean los contenidos de la imaginación, los sentimientos, la intuición. El silencio penetra hasta más allá de donde alcanza el concepto, el intelecto, y nos conduce al corazón de las cosas, nos hace tocar, por poco que nos prestemos a ello, el corazón de Dios. Buddha recibe a veces el nombre de "maestro del silencio".
Japón, primera mitad del siglo XIV, durante el shogunato de los Ashikagaka. Un templo perdido en la montaña. Cuatro monjes zen han decidido hacer un sesshin (una especie de retiro) en silencio absoluto. El frío es intenso.
"¡Se ha apagado la vela!, dice el monje más joven.
¡No tienes que hablar! Estamos haciendo un sesshin de silencio total, observa severamente un monje de más edad.
¡Por qué hablais en vez de callar como habíamos convenido! señala con humor el tercer monje.
¡Soy el único que no ha hablado! dice con satisfacción el cuarto monje.
El capullo que se abre florece, se desarrolla, se marchita y se convierte en polvo. Toda forma que aparece desaparece. Todo lo que nace muere; todo lo que viene se va y manifiesta así el eso, el eterno Atma, que es lo único que permanece.
En primavera flores, en otoño la luna.
En verano brisa fresca, en invierno la nieve.
Si tu mente no está atestada de un fárrago inútil.
La vida maravillosa se abre ante ti
Wu Men Kuan