Corremos furiosamente detrás del amante, pero cuando éste llega estamos ausentes. Eres un amante de Dios, pero Él es tal que cuando arriba, no hay una sola gota de tu ser, pues con su mirada cientos como tú se marchitarían; sois como la sombra enamorada del Sol. Cuando la fuerza de la luz aparece, os desvanecéis. Huís de vosotros mismos. Rumí