
Una mañana de primavera, iba a buscar el agua a un pozo situado cerca de su ermita, cuando Iruka se encontró a Chujo por primera y última vez en su vida. Ella se echó a sus pies:
¡Iruka! exclamó, ¡He caminado durante meses antes de encontrarte, y por fin te veo, admirable Iruka! Tu amor, del que dan testimonio mil cartas, ha terminado por tocarme el corazón.
Al decir aquellas palabras, descubrió su rostro, hasta aquel momento cubierto por un velo de seda, y era tanta su belleza que hacía palidecer la luz del día.
Soy tuya, Iruka, ahora te amo como me amabas tú entonces.
Es demasidado tarde, Chujo, he cortado todos los lazos con esta clase de amor. Soy monje.
Y sin una mirada, la dejó.
Chujo, desesperada, se tiró al río y se ahogó.
Enterado de la noticia, Iruka compuso este poema:
No queda en la rama,
la flor de cerezo,
antes del verano muere.
Esta historia pertenece ahora al pasado. Todo lo que nace muere. Todo lo que viene se va, y no permanece más que el eterno Atma.
Henri Brunel