Cartas de Dios

Oigo y contemplo a Dios en cada objeto,
aunque no comprendo a Dios en absoluto,
ni comprendo qué puede haber más maravilloso que yo mismo.
¿Por qué he de desear ver a Dios antes que a este día?
Veo algo de Dios en cada una de las veinticuatro horas
y en cada momento.
En los rostros de hombres y mujeres veo a Dios
y en mi propio rostro ante el espejo.
Encuentro cartas de Dios caídas en la calle
y cada una va firmada con el nombre de Dios.
Y las dejo donde están porque sé que, vaya adonde vaya,
otras, puntualmente, aparecerán siempre.
Walt Whitman

El valor de las cosas

“Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?”
El maestro, sin mirarlo, le dijo: Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después… y haciendo una pausa agregó: Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar. Encantado, maestro, titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas. Bien, asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho, agregó: toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete ya y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas. El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban la espalda y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa, para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, monto su caballo y regresó. Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Entró en la habitación. Maestro, dijo, lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo. Qué importante lo que dijiste, joven amigo,contestó sonriente el maestro. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo: Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo. ¿58 monedas?, exclamó el joven. Sí, replicó el joyero. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé … si la venta es urgente… El Joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido. Siéntate, dijo el maestro después de escucharlo. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.
Henri Brunel

¡Esto es!

Inténtalo: recuérdatelo a ti mismo de vez en cuando: "¡Esto es!" Fíjate en si hay algo a lo que no pueda aplicarse. Recuerda que la aceptación del momento presente no tiene nada que ver con resignarte ante lo que está aconteciendo. Significa, simplemente, darte cuenta con claridad de que lo que está sucediendo, es lo que hay. La aceptación no te dirá qué hay que hacer. Lo que vaya a suceder, lo que elijas hacer, ha de surgir de tu comprensión respecto al momento presente. Puede que trates de demostrar un profundo conocimiento del "¡Esto es eso!". ¿Influye esto en cómo eliges responder o proceder? ¿Te es posible entender que ésta puede ser verdaderamente la mejor época, el mejor momento de tu vida? Y si fuera así, ¿qué significaría para ti?
Jon Kabat-Zinn
Puedes practicar la plena atención porque existe la falta de atención, pero no puedes practicar la vivencia porque sólo hay vivencia. En la plena atención prestas atención al momento presente tratando de estar "aquí y ahora", pero la pura vivencia es el actual estado de consciencia antes de que intentaras hacer nada con ella. Tratar de estar "aquí y ahora" requiere un momento futuro en el cual serás plenamente consciente, pero la pura vivencia es este instante antes de que intentes nada. Eres ya consciente, ya estás iluminado ...
... Es como cuando miras el escaparate de unos grandes almacenes y descubres una vaga imagen que también te mira a ti. Vas enfocando la imagen y con sorpresa descubres que es tu propio reflejo en la ventana. El mundo entero, de acuerdo con esas tradiciones, no es más que la imagen de tu propio Ser reflejada en el espejo de tu propia consciencia. ¿Ves? La estás contemplando ya.
Ken Wilber

La capacidad de ver

La vida continúa, tanto si actuamos como cobardes o como héroes. La única disciplina que la vida nos impone es descubrirla, aceptándola sin vacilación.
Todo aquello ante lo que cerramos los ojos; todo aquello de lo que nos alejamos; todo aquello que negamos, denigramos o despreciamos, es, al final, utilizado para derrotarnos. Lo que nos parece nauseabundo, doloroso y perjudicial puede convertirse en fuente de alegría, belleza y fortaleza, si se afronta con una mente abierta.
Cada instante es un instante de oro para aquél que tiene la capacidad de reconocerlo como tal.
Henry Miller

Escribí a mi amante una carta sin palabras

Dije:
Soy una pequeña mujer
con suficiente valor
como para contener a un planeta en mi corazón roto.
Dije:
Aquí, la quietud cae sobre los hombros
de la quietud,
como una sombra desaparece en otra.
Todo es aquí
en este aéreo momento.
Dije:
Bajo esta mano de silencio
esta mujer nace,
como una catarata desnudándose a sí misma.
Dije:
Reducida a una aguja de luz,
soy completamente yo misma.
Dije:
En cada instante
se repite la historia del universo:
No había nada
¡y mira lo que está naciendo!
Siempre me sorprendes.
Deena Metzger

Todo está bien para siempre

Estaba oliendo unas flores en el jardín y en cuanto me incorporé, respiré profundamente. La sangre se precipitó hacia mi cerebro y me desperté tumbado de espaldas sobre la hierba. Aparentemente me había desmayado -o muerto- durante unos 60 segundos. Mi vecino me vio, pero pensó que me había tumbado sobre la hierba para disfrutar del sol. Durante ese intemporal momento de inconsciencia contemplé la resplandeciente eternidad. Vi el cielo. En él, nada había sucedido. Los sucesos de hacía un millón de años eran fantasmagóricos e inaprensibles como sucesos acontecidos hacía diez minutos. Era perfecto. La soledad dorada, el vacío de oro; una-cosa-u-otra; seguramente algo simple.
Jack Kerouac